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Profesora Paulina Calderón: “Aprendí a creer en mis alumnos”

Docente desde hace 23 años en la escuela Casa Azul de La Granja, cuenta aquí cómo -ella y sus colegas- debieron responder, sin recursos, para seguir educando a sus 180 niños y niñas en este tiempo de pandemia. La vocación que la mueve es compartida por las 35 personas que hacen de esta casa una ventana al cielo.
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Ronaldo Muñoz está presente todos los días. Siempre. Cuando intentamos hacer las cosas mejor. En el avance de aprendizajes de nuestro niños y niñas. Está presente en la campaña solidaria Manuela Chepo. Va con nosotros entregando cada caja a las familias. Está presente en el equipo. Él nunca se olvidaba de los nombres de todas las personas. Eso es fundamental para fortalecer los vínculos y mantener relaciones cariñosas y amorosas. Por eso está en nuestro proyecto educativo desde siempre. Pero Ronaldo también está presente en nuestras ollas comunes, en el acompañamiento que hacemos, en las organizaciones territoriales de las que somos parte como Casa Azul. Ronaldo siempre está aquí.

Así hace memoria del sacerdote Ronaldo Muñoz, Paulina Calderón Farías (52), profesora básica, casada, y dos hijos. “Mi marido es Cristián Rosales y también es profesor”, añade con orgullo. “Trabajo en Casa Azul, desde hace 23 años” cuyo proyecto educativo fue impulsado desde el inicio por Ronaldo, fallecido ya, hace 12 años.

Casa Azul es una escuela básica, de origen comunitario, que surge desde la organización de los vecinos y las vecinas, principalmente, de las poblaciones Yungay y Malaquías Concha, de la comuna de La Granja. Se caracteriza por trabajar la inclusión y necesidades educativas de niños y niñas de la zona sur, en un ambiente familiar y decididamente comunitario.

El equipo docente y no docente tiene la convicción de que la experiencia de aprendizaje se construye día a día de una manera colectiva, y que el arte, en su sentido amplio, constituye una herramienta fundamental de crecimiento y desarrollo integral, aportando experiencias significativas para el aprendizaje académico, social y popular.

«Casa Azul»

El año pasado la escuela cumplió 30 años de existencia. Hoy trabajan en ella 35 personas y se educan 180 niños y niñas de educación básica. “Casa Azul siempre se ha caracterizado por tener un proyecto educativo preocupado del bienestar de los y las estudiantes, preocupados también de la denuncia, de las realidades que viven nuestros niños y niñas de los sectores más vulnerados, de las faltas de oportunidades”, cuenta Paulina.

¿A qué sectores de la comuna de La Granja pertenecen los niños y niñas?

Son de las poblaciones Yungay, Malaquías Concha, y San Gregorio. Pero también tenemos niños y niñas de las comunas de La Pintana, La Florida y hasta antes de la pandemia, teníamos algunos niños migrantes que viven en el centro de Santiago.

¿Cómo ha sido educar en el mundo popular en tiempos de pandemia?

Ha sido bien complejo. Cuando nos mandan a cuarentena, en marzo del 2020, estuvimos un par de días de impacto. Como que todo el equipo quedo impactado y nos preguntábamos qué vamos a hacer. Pensábamos que esto iba a durar una semana o dos semanas. Nunca imaginamos que iba a ser un año y más.

Nuevos Medios

¿Y cómo se organizaron?

Armamos grupos de WhatsApp y empezamos a trabajar.

Por qué privilegiaron el WhatsApp?

Porque no todos nuestros niños y niñas tienen un computador ni internet en su casa. Así que optamos por lo más fácil. Entonces, empezamos a conseguir teléfonos y ponerles chips de prepago que tienen redes sociales libres. Así cuando el Ministerio de Educación entregó priorización curricular para el segundo semestre, nosotros ya llevábamos un semestre trabajando con priorización curricular.

¿Que significa esa priorización curricular?

Tomamos aquellos elementos que eran más necesarios y urgentes de ver en términos pedagógicos y nos organizamos en equipos de trabajo por áreas, lo que no era novedad para nosotros pues como proyecto educativo Casa Azul, siempre hemos bregado por vencer la asignaturización. Es decir, no separar las disciplinas sino que mantenerla en un conjunto. En mi caso, por ejemplo, fusionamos Lenguaje y Artes. Entonces, no era yo sola la que preparaba la actividad sino un mini equipo. Añadimos videos, material audiovisual, guías de trabajo. Todo esto a través de los grupos de WhatsApp lo que nos permitió avanzar de esa manera el año completo. En esa línea también las acciones pedagógicas colectivas que realizamos utilizando Facebook e Instagram.

¿Lograron que todos se conectaran?

Al principio se conectaban tres, cuatro niños por grupo. Pero luego la gran mayoría se conectó. Las profesoras hacíamos juegos, actividades lúdicas, y hasta recreos virtuales a través de Zoom.

Pero a veces ocurría que el niño no se podía conectar porque se le perdió el teléfono, se le echó a perder. Por eso hicimos una campaña de recolección de celulares usados. Los profesores jefes terminaron arreglando los teléfonos, comprando chips y entregándoselos a los niños. La brecha digital la asumíamos nosotros desde la autogestión porque no nos queda otra, no había ninguna otra posibilidad”.

«Vínculos»

¿Cómo trabajaron la relación más personal con sus estudiantes si privilegiaron el celular?

Para nuestro proyecto educativo son muy importantes los vínculos afectivos, las relaciones, las interrelaciones, el manejo de la socialización, con la familia y con nosotros. Por eso empezamos a hacer distintos encuentros desde el Equipo de Convivencia Escolar que también fueron de esa manera. Eso fue un trabajo maravilloso. Lo conforman psicólogas, asistente social, terapeutas, y nuestras voluntarias de América Solidaria, que también son profesionales. Así se concluyó que lo fundamental era trabajar desde la educación emocional. Y partimos con eso.

Naty Parra, que es la encargada de nuestro Equipo de Convivencia Escolar, nos decía por ahí por abril o mayo del año pasado: La educación emocional llegó para quedarse, nosotros tenemos que darle. Y nos motivaba. Nos fue bastante bien. En el segundo semestre salió el ministro de Educación hablando de la educación emocional, cuando ya en Casa Azul llevábamos un semestre poniendo el foco ahí, tal como lo venimos haciendo desde siempre.

La vinculación con la familia, desde el afecto, desde el cariño, desde el acompañamiento, es fundamental para lograr aprendizaje. No se puede de otra manera. Sobre todo, en este tiempo, cuando veíamos que los niños pequeños, por ejemplo, tenían que tener (contar con) alguien en su casa que los pudiera acompañar en el trabajo virtual. Entonces, ahí había que entregarles esa pequeña tranquilidad a las familias, que los estaban pasando mal, que estaban pasando hambre, que estaban quedando sin pega. Hay que considerar que la mayoría de nuestros apoderados y apoderadas trabajan en el sistema informal, venden en las ferias, son coleros. La mayoría vendía en el centro, en los carritos. O sea, una mamá que tiene que salir a vender sándwiches a la salida de una estación de metro, no iba a andar preocupada también de la comida, de la sanitización y de la tareas del niño. Entonces, había que buscar otras alternativas en lo cotidiano, para acompañarlos”.

«Manuela Chapo»

¿Cómo hacían para paliar el problema económico de las familias de los niños y niñas?

— Desde los primeros días de pandemia, incluso desde el estallido, vimos las necesidades. Muy luego surgieron con fuerza las ollas comunes y empezó a dejar en evidencia el hambre en nuestras poblaciones. Por ello, en Casa Azul organizamos una campaña para apoyar a las familias de nuestros estudiantes con alimentos. Les llevábamos una caja de alimentos a la familia todos los meses, aparte de la alimentación que entregaba Junaeb que en el primer tiempo era muy precario… tres papas y dos cebollas, que las mamás tenían que ir a buscar.

Nosotros vimos que eso nada satisfacía, así que levantamos una campaña en la población para reunir los alimentos de las cajas. La campaña la llamamos Manuela Chapo quien fue una de las primeras vecinas que el año pasado murió por covid. La campaña fue un éxito. Cada mes, había un grupo encargado de hacer las compras y armar las cajas. Pero siempre atentos a la realidad para aprender. En un momento nos dimos cuenta que nuestros niños y niñas no estaban teniendo muy buena alimentación, por lo tanto había que mezclar mercaderías con fruta fresca y verduras. En el invierno, incorporamos vales para comprar gas. En otro momento, bajó la sanitización popular que hacían las organizaciones de los territorios, no la municipalidad. Ahí, agregamos elementos de higiene”.

Sigamos con lo pedagógico…

Bueno. Cuando entregábamos las cajas, entregábamos también evaluaciones impresas y algunas guías fotocopiadas. Al mes siguiente, se retiraban y se entregaban otras. Ahí entendimos que el teléfono no era lo mejor. Si a veces los niños nos hablaban a las 9 o 10 de la noche, porque a esa hora llegaba su mamá con el teléfono. Eso generaba un agobio para nosotros.

Por eso, también, empezamos a enviar material impreso, porque era mucho más fácil. Y armamos un horario de atención por el WhatsApp aunque sabíamos que había algunos niños que en la tarde se ponían a estudiar cuando su mamá llegaba con el celular. Y los niños no son hijos únicos, hay dos, tres, cuatro hermanos… todos con un teléfono después de las nueve de la noche”.

Aprendizajes y Frustraciones

En esta época ¿qué ha aprendido usted como docente?

(…) Ante todo, darse cuenta que tenemos muchas carencias metodológicas, especialmente de estos sistemas virtuales. Ahí estamos al debe, pero no de manera personal sino como política pública. En las universidades nunca nos enseñaron hacer clases virtuales, manejar plataformas, hacer bien un Excel, hacer cápsulas educativas, usar aplicaciones. Hay un montón de carencias en ese sentido que tenemos los profesores y profesoras, de distintas edades. Todo queda entregado a nuestras capacidades de autoeducarnos, pero esa no debería ser la idea en el sistema. Debiera estar dentro de los planes de formación.

Otro aprendizaje que he tenido es que ahora valoramos más los vínculos con las familias. Si yo me hubiese instalado a trabajar solo con los grupos de WhatsApp, no hubiese conocido la experiencia de vida de cada uno de los estudiantes y nada hubiera resultado. Esto ocurre en muchas escuelas y tampoco es obligación de los profesores y de las profesoras.

También aprendí a creer en mis alumnas y alumnos. Al principio varios estuvimos bien negados, y decíamos, “no, si no se van a conectar. No, no nos van a pescar. Nadie nos va a escuchar. Nadie va a ver nuestros videos. ¿Para qué voy a trabajar tanto armando este video, si no lo van a ver?”. Pues los niños y niñas nos dieron una respuesta increíble. El primer mes ya teníamos el 80% de los niños y niñas de Casa Azul conectados. Ellos si pueden si está el vínculo, pueden con su aprendizaje.

Otro aprendizaje mío, muy personal. Es comprender que el contenido, la tarea, la materia de la escuela, se encuentra en cualquier parte. Una solo facilita los espacios. Esto de creer que sin la clase presencial, la pizarra y el cuaderno, no se logra el aprendizaje, es falso. Porque nosotros con nuestros niños y niñas logramos muchos aprendizajes. Ahora, puede ser que muchos de esos aprendizajes no los evalúe el SIMCE ni otro tipo de evaluación estandarizada. Y quizás ni siquiera lo consideren un aprendizaje los tecnócratas y teóricos de los ministerios. Pero nosotros si lo vemos”.

¿Y cuál ha sido su principal frustración en esta experiencia docente?

El no poder ayudar con todo a quienes tienen más dificultades de aprendizaje. Como escuela, a nosotros nos ha tocado tener muchos… Varios niños y niñas, como decía Ronaldo Muñoz, que vienen con las carencias desde la guata de la mamá. Niños y niñas que tienen dificultades cognitivas, espectro autista, y dificultades asociadas a las realidades en que han vivido sus padres en el consumo de droga, alcohol, carencias alimenticias. Esos niños y niñas, no quedan fuera, pero sentimos que necesitamos más tiempo para ellos y que a distancia es muy complejo darlo.

La otra frustración que volvimos a ver después de muchos años, es que los padres y madres son de una generación analfabeta muy compleja”.

¿Como lo percibe?

Cuando ellos quieren enseñar a sus hijos y no tienen las herramientas más básicas. Quieren acompañarlos en sus tareas… y no pueden. Entonces, nosotros les enviamos un audio porque no saben leer… y así, un montón de elementos que buscamos adaptar para comunicarnos con los papás y mamás.

Es una gran pena porque habíamos logrado erradicar, en parte, este problema en la comunidad. Juan Uribe, uno de los compañeros más antiguos, el otro día, me dijo: Pauli, vamos a tener que volver a los cursos de alfabetización. Hacía 20 años que no los hacíamos, cuando Casa Azul estaba abierta de 10 a 11 de la noche, con adultos estudiando, recuperando estudios de octavo básico y de cuarto medio. Ahora vemos una generación entera que no tuvo acceso a la educación o le faltó la oportunidad. Esto es muy frustrante como profe y doloroso como persona.

Si tuviera una varita mágica para cambiar los 3 problemas más urgentes ¡ahora! ¿qué cambiaría?

En pandemia, internet liberado para todos y todas los estudiantes y sus educadores y educadoras, además de computadores para quienes no lo tienen. Creo que haríamos maravillas. El otro deseo, mejorar la economía de nuestras familias y estudiantes. Lo están pasando muy mal. Y lo van a seguir pasando mal. Porque esto se viene muy fuerte de nuevo. Y el tercero, que se termine la pandemia.

[Entrevista de Aníbal Pastor N.]

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