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Obispo de Villarrica formula reflexión teológica sobre incendios de edificios del Estado en su diócesis

Como la opinión pública nacional e internacional ha sido informada, el inmueble de la Municipalidad de Villarrica y otras construcciones de esa ciudad fueron incendiadas por la ciudadanía el sábado pasado en la noche en repudio por el asesinato de un joven artista ejecutado por un agente del Estado.
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(VILLARRICA, 10/20/2021, KAIRÓS NEWS).– «El que tiene más poder, aplasta al más débil. No otra cosa es la legalización del aborto y de la eutanasia. Si las autoridades se sienten con el poder de aprobar el asesinato de niños, enfermos y ancianos, ¿por qué un joven no puede quemar edificios públicos si se siente con el poder de hacerlo? Ya lo decía Dostoyevsky: ´Si Dios no existe, todo está permitido’”, reflexiona el obispo de Villarrica, Francisco Javier Stegmeier Schmidlin, en un mensaje dirigido a su diócesis.

La reflexión episcopal hace referencia a los incendios de edificaciones públicas en la ciudad de Villarrica, acontecidos el sábado último en la noche.

El obispo no explicita que esos lamentables hechos de violencia fueron originados por la ciudadanía local como reacción impotente ante la injusticia, luego que se conociera que el sargento segundo de Carabineros, Juan González Iturriaga, asesinara en Panguipulli al joven malabarista Francisco Andrés Martínez Romero.

La comuna de Panguipulli se ubica a 47,2 km de Villarrica y ambas son territorio jurisdiccional del obispo Stegmeier.

El texto completo y transcripción  literal de la reflexión del obispo de Villarrica, es el siguiente:

Hermanos en Jesucristo:

Estamos viviendo una situación generalizada de violencia descontrolada, con las consecuencias de la prevalencia de la “ley de la selva“, esto es, del fuerte sobre el débil. La razón última de lo que está aconteciendo en tantas partes del mundo, en nuestra Patria y en nuestra Región es la ausencia de Dios en la conciencia de muchas personas y en la sociedad como tal.

La violencia inaudita de lo que está ocurriendo es fruto obvio de lo que dice el Salmo: “Si el Señor  no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas”(127,1). Hay que estar ciego para no verlo.

Hemos de ser claros y valientes: Sólo volviendo a Dios, Creador de todas las cosas, y obedeciendo su ley eterna será posible volver al orden social. A causa del pecado es cierto que es imposible evitar siempre la desobediencia a la ley de Dios. Pero se puede respetar y hacer respetar el bien de cada individuo en un orden social de paz fundado en la verdad, el bien y la justicia solo cuando el conjunto de las personas y la sociedad como tal  reconocen como referente absoluto de todas las cosas al Dios vivo y verdadero, personal y trascendente.

El Señor habla al hombre, haciéndole ver que en la obediencia a su Sabiduría está su felicidad, su plenitud de vida y su libertad. Pero cuando el hombre se pone como autorefente del bien y del mal, entonces no nos extrañemos de sus consecuencias. Conocemos lo que esto ha significado para la humanidad y para cada uno de nosotros. La desobeciendia a Dios esclaviza, destruye, divide, mata, deshumaniza.

El hombre intenta vanamente constituirse en el último criterio de la verdad, con una absurda e inútil pretensión de ser como un dios que con su mente es capaz de crear la realidad según el arbitrio de su voluntad.

Si el hombre deja de reconocerse criatura de Dios, usará su poder para volverse amo de los demás, pero haciéndose esclavo de sí mismo. Si deja de reconocerse hijo de Dios, entonces ya no puede ver en los demás a hermanos a quienes amar y servir. Como Caín, el hermano mata a su hermano. El que tiene más poder, aplasta al más débil. No otra cosa es la legalización del aborto y de la eutanasia. Si las autoridedes se sienten con el poder de aprobar el asesinato de niños, enfermos y ancianos, ¿por qué un joven no puede quemar edificios públicos si se siente con el poder de hacerlo? Ya lo decía Dostoyevsky: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

En Cristo está la única alternativa de recuperar nuestra humanidad y nuestra fraternidad. Volvamos a Cristo. Y los que creemos en Él, siguiendo su ejemplo y enseñanza, hagamos lo que está a nuestro alcance:  oremos y ayunemos.

+ Francisco Javier
Obispo de Villarrica

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