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MARCOS BUVINIC: Pan de Vida

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n esta columna me referiré a algo importante que está viviendo la comunidad católica, y que quizás puede ayudar a que otros nos conozcan más allá de las imágenes distorsionadas que -a veces- nosotros mismos hemos dado, o de las caricaturas de la fe cristiana que tienen algunas personas.

Resulta que para la comunidad católica un aspecto fundamental de la fe es congregarnos los días domingo (la palabra “domingo” viene del latín y quiere decir “día del Señor”) para celebrar la Cena del Señor o Eucaristía (palabra que viene del griego y quiere decir “agradecimiento”), escuchando su Palabra y acogiendo su propia Vida (“donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”, dice el Señor Jesús) que nos envía a vivir en nuestro mundo como sus discípulos y testigos. Por la cuarentena que nos impuso la pandemia del Covid 19 y por el cumplimiento responsable de las medidas preventivas de la autoridad sanitaria, ya son tres meses que no podemos encontrarnos en comunidad para celebrar la Eucaristía. Lo hemos hecho a través de diversos medios virtuales, pero éstos no permiten vivir el encuentro real de la comunidad creyente y participar de la Cena del Señor. Quizás, nos habíamos acostumbrado rutinariamente a la Misa dominical, ahora la echamos mucho de menos.

Hoy, en el calendario anual de la Iglesia Católica es un día especialmente dedicado a la Eucaristía, es el domingo que llamamos “del Cuerpo y Sangre de Cristo” (antiguamente se llamaba “Corpus Christi”), y… ¡no es posible que en nuestras parroquias y comunidades nos encontremos a celebrar la Eucaristía!

Por eso, mientras nos falta el signo de la comida de la Cena del Señor, nos unimos en la fe en torno a las palabras del Señor acogiendo su Vida, para que nos dé vida. La metáfora “Pan de Vida”, es una de las que usó el Señor Jesús para definirse a sí mismo: “Yo soy el Pan de Vida” (Jn 6,35). Es un alimento que se ofrece nutritivo para el cuerpo y para el alma, y por eso hace vivir; un alimento que viene de Dios y que nos hace compartir Su vida. No hay signo mayor de fraternidad y solidaridad que compartir el pan, y éste Pan es Alguien que se ofrece compartiendo su misma Vida.

Las nutricionistas siempre nos recuerdan que somos lo que comemos, y alimentando nuestra vida, nuestra mente y corazón con el Pan de Vida, sabemos que estamos espiritualmente bien alimentados. Nuestra vida y nuestra fe se alimenta con el Pan de Vida, no con chatarra espiritual. Nuestro alimento es la palabra del Señor Jesús y su Cuerpo y Sangre, presentes en el pan y vino que compartimos. Es el Señor Jesús quien dice: “el que venga a mí no tendrá hambre, el que crea en mí no tendrá sed”, estará bien alimentado para vivir con sentido todas las circunstancias de la vida, “el que me come vivirá por mí”.

En medio de la crisis sanitaria, económica y antropológica que significa el Covid 19, los católicos añoramos poder celebrar la Eucaristía, sentarnos en torno a la mesa del Señor y compartir el Pan y Vino que nos dan su misma Vida. Este deseo de congregarnos para la Eucaristía nos ayuda a profundizar en el sentido que ella tiene en nuestra vida, y de cuánto necesitamos acoger al Señor Jesús en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad.

Este año, celebraremos “el Cuerpo y Sangre de Cristo” por medios de comunicación virtual. Lo hacemos en una Iglesia que sabe que no puede vivir sin la Eucaristía; en una comunidad creyente que tiene experiencia que compartir la Cena del Señor significa extender esa Mesa para compartir el pan con todos los hombres., porque es comunión con el Señor Jesús que está en la Cena “como el que sirve” (Lc 22, 27), el Servidor de todos.

Un fruto fundamental de la Eucaristía es la fraternidad entre quienes se sientan a esta Cena, y la solidaridad con quienes carecen del “pan nuestro de cada día”. Esa misma solidaridad que nace de la Cena del Señor es la que impulsa a trabajar por la justicia, para que no haya personas y familias que carezcan del pan nuestro de cada día. Por eso, sentarse a la mesa de la Cena del Señor significa renovarnos en una ética de comunión fraternal, de asistencia al que está en necesidad y a los heridos del camino, y de una práctica de la justicia que restaure el derecho de todos a los bienes necesarios para la vida.

La sentida necesidad de la comunión en la Eucaristía que vivimos en esta crisis del coronavirus, nos ayuda a renovarnos en el sentido de la Cena del Señor que implica estos cuatro niveles simultáneos: fraternidad, asistencia al necesitado y vulnerable, promoción humana, y cambio de estructuras. Así es como nuestra vida personal y familiar, nuestra Iglesia y también la sociedad, están llamadas a renovarse desde el modelo que Aquel que está a la mesa “como el que sirve”.

El virus racista se incuba en la ignorancia. Sí, el racista es un ignorante, un ignorante de sí mismo como persona que lo lleva a ignorar a otros como personas. Por eso, la vacuna contra el virus maldito del racismo es conocerse a sí mismo, es conocer la propia historia y los propios orígenes, conocer y reconocer que todos somos migrantes -o hijos, o nietos o bisnietos de pobres migrantes-. Aun las que se consideran a sí mismas como las más encumbradas familias tienen orígenes muy modestos en sencillos migrantes que llegaron esperanzados a estas tierras australes arrastrando sus pobrezas y su voluntad de trabajar y prosperar.

“Estamos con el corazón roto, asqueados e indignados al ver otro video de un hombre afroamericano asesinado ante nuestros propios ojos”, dice la declaración de los obispos católicos de Estados Unidos ante la muerte de George Floyd, y motivan a toda la comunidad a manifestarse contra este crimen y contra toda discriminación y exclusión, porque “las personas de buena conciencia nunca deben hacer la vista gorda cuando se priva a los ciudadanos de su dignidad humana e incluso de sus vidas. La indiferencia no es una opción”.

También, el Papa Francisco dio todo su apoyo a los obispos estadounidenses en su posición ante el racismo y la exclusión, y retomando las palabras de ellos, afirmó: “No podemos tolerar ni hacer la vista gorda ante el racismo y la exclusión en cualquiera de sus formas”.

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