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Marcos Buvinic: Estamos cavando nuestra propia tumba

Marcos Buvinic, pbro. Punta Arenas

Eso de que estamos cavando nuestra propia tumba no es una frase de algún profeta de calamidades en medio de la campaña presidencial y ante las próximas elecciones, sino que son palabras del Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, en la inauguración de Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que en estos días se está realizando en Glasgow (Escocia), entre el 1 y el 12 de noviembre. No se trata de la expresión de un ecologismo catastrófico, sino de la realidad que enfrentamos todos los seres humanos que compartimos la vida en nuestro planeta: estamos destruyendo nuestra Casa Común y nosotros nos destruimos con ella. El calentamiento del planeta es como una espada que cuelga sobre nuestras cabezas; la Tierra está afiebrada y las consecuencias de su enfermedad nos afectan a todos.

Cada día experimentamos en nuestra Patagonia los efectos del fenómeno mundial del cambio climático: la nieve invernal se hace cada vez más escasa y ahora llueve bastante, así el característico frío seco de Punta Arenas (que nos protegía de los resfríos) ha dejado paso a un frío húmedo que penetra hasta los huesos. Este año se ha retrasado la siembra de papas en las quintas que tantas personas tienen en sus casas porque no se puede sembrar en el barro. También, se va haciendo frecuente un fenómeno que antes era escaso, como es la húmeda neblina: antes cuando se suspendía algún vuelo de avión era a causa de la abundancia de nieve en la pista del aeropuerto, ahora es por neblina. Y así, suma y sigue…  A nivel mundial la lista de cambios y sus consecuencias es interminable, pues las capas de hielo de Groenlandia y Antártica se derriten rápidamente, el número de desastres relacionados al clima se ha quintuplicado en los últimos 50 años, los niveles del mar subieron 20 cm en el último siglo y continúan subiendo, desde los 1800, los océanos se han vuelto 40% más ácidos, afectando la vida marina, y un largo etcétera.

La resignación de muchos se expresa en “qué le vamos a hacer, el clima está cambiando”. Pero, la ciencia nos muestra que esos cambios tienen su origen en el modo en que se desarrolla la actividad humana en la Tierra. Así quedó muy claro en la Conferencia sobre el Cambio Climático, realizada en París en el 2015. Es decir, la crisis ecológica, el cambio climático y el calentamiento de la Tierra no es un desastre natural, como puede ser un terremoto o un tsunami, sino que es producido por nosotros y el modo en que gestionamos la vida en la Casa Común.

El Papa Francisco decía, en el año 2015, en su Carta sobre el Cuidado de la Casa Común: “Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra” (n° 92). Por eso, “cuando se habla de ‘medio ambiente’, se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella” (n° 139). La Tierra es un organismo vivo, no sólo hay vida en ella, sino que está viva y está enferma, está afiebrada, la estamos matando.

Es cierto, que muchos de los problemas fundamentales que influyen en el cambio climático no tienen que ver con la vida de cada uno de nosotros -simples ciudadanos-, sino con los modos de explotación y producción que están en manos de los estados y de grandes empresas, y para eso se realizan reuniones como la actual conferencia mundial de Glasgow, pero depende de nosotros tomar conciencia del problema para ir actuando en nuestra vida cotidiana. El futuro del planeta, nuestra Casa Común, no cae desde el cielo, sino que nos toca a nosotros actuar responsablemente desde las pequeñas cosas de la vida cotidiana hasta las grandes decisiones políticas y económicas que apunten al cuidado de la Tierra. Se requiere combinar una información científica dicha “en fácil” para todos los habitantes, una voluntad política de cambios y exigente fiscalización, competencia técnica y ciudadanos responsables en el cuidado del medio ambiente.

Sabemos cuidar la vida del cuerpo, y podemos llegar hasta algunos extremos en esto; también los sicólogos nos ayudan a cuidar nuestra salud mental, para llevar una vida con relativo equilibrio, sin neurosis ni depresiones. Pero muchas veces pareciera que dejamos de lado el cultivo la vida del espíritu, que es nuestra dimensión fundamental, allí es donde se producen los sueños más osados y se elaboran los proyectos más generosos. Esa vida del espíritu que se alimenta de bienes no tangibles como son la fe en Dios, el amor, la amistad, la solidaridad, la buena convivencia con otros, la compasión, etc. Esa vida del espíritu es la que nos permite sentirnos parte de la Tierra que debemos amar y cuidar, en lugar de estar cavando nuestra propia tumba.

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