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MARCOS BUVINIC: El virus racista

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o, el corona virus no es racista. Como se ha dicho, es un virus democrático, porque infecta los pulmones de las personas sin ninguna distinción de raza, edad, sexo, situación económica, ideología, nivel de estudios, profesión o religión. El virus racista es otro, y puede infectar la mente y el corazón de las personas, llevándolas a pensar -y actuar- como si alguien fuese menos (menos persona, menos digno y con menos derechos) que el infectado, por el hecho de pertenecer a una raza distinta y -especialmente- por tener otro color de piel.

En medio de la crisis del Covid 19, hace casi un par de semanas que en Estados Unidos viven un estallido de indignación, marchas y protestas pacíficas, y otras con saqueos e incendios, a partir del asesinato de un afroamericano, George Floyd, a manos de la policía. La similitud entre esas protestas y las del estallido social en Chile están a la vista cada día en la televisión. Allá y acá las protestas son el lenguaje de los que no son escuchados.

Entre nosotros, el racismo -para algunos- pareciera ser un problema lejano; sin embargo, es una vergonzosa realidad que está muy presente en nuestra historia y en nuestro presente. Para pesquisar la presencia de este virus en medio nuestro hay un test infalible: por favor, pregúntese en forma sincera y honesta, cómo mira y trata usted a los migrantes de otros países latinoamericanos, y especialmente si son afroamericanos. Si pudo responder -de verdad- que los mira como a seres humanos como usted, como a personas iguales a usted en dignidad y en derechos, que los mira como a un prójimo y -más aún- como un hermano, entonces usted no está infectado por el virus racista.

Con la presencia de migrantes de otros países latinoamericanos y, particularmente, con la presencia de afroamericanos, el virus racista se hizo cercano en nuestro presente (¿recuerda usted los carteles que aparecieron el año pasado pegados en nuestra “intercultural” Punta Arenas reclamando contra los migrantes latinoamericanos en nuestra ciudad?), porque en el pasado este virus maldito nunca estuvo lejano, como en el horroroso genocidio de los pueblos originarios que habitaban nuestra Patagonia en razón de que había que “civilizarlos”, o la discriminación e invisibilización de los pueblos originarios en otras zonas del país. Tampoco el virus racista estuvo lejano en el trato despectivo que hasta hace pocas décadas se daba en nuestra región a los chilotes, por parte de buena parte de los migrantes europeos y sus descendientes, así como por parte de los “nortinos”, principalmente santiaguinos. Más cerca a nuestro presente, este virus vergonzoso también está presente en el tipo de acercamiento -o mejor habría que decir, distanciamiento- que muchos tienen con las personas en situación de calle (los leprosos de nuestro tiempo).

El virus racista se incuba en la ignorancia. Sí, el racista es un ignorante, un ignorante de sí mismo como persona que lo lleva a ignorar a otros como personas. Por eso, la vacuna contra el virus maldito del racismo es conocerse a sí mismo, es conocer la propia historia y los propios orígenes, conocer y reconocer que todos somos migrantes -o hijos, o nietos o bisnietos de pobres migrantes-. Aun las que se consideran a sí mismas como las más encumbradas familias tienen orígenes muy modestos en sencillos migrantes que llegaron esperanzados a estas tierras australes arrastrando sus pobrezas y su voluntad de trabajar y prosperar.

“Estamos con el corazón roto, asqueados e indignados al ver otro video de un hombre afroamericano asesinado ante nuestros propios ojos”, dice la declaración de los obispos católicos de Estados Unidos ante la muerte de George Floyd, y motivan a toda la comunidad a manifestarse contra este crimen y contra toda discriminación y exclusión, porque “las personas de buena conciencia nunca deben hacer la vista gorda cuando se priva a los ciudadanos de su dignidad humana e incluso de sus vidas. La indiferencia no es una opción”.

También, el Papa Francisco dio todo su apoyo a los obispos estadounidenses en su posición ante el racismo y la exclusión, y retomando las palabras de ellos, afirmó: “No podemos tolerar ni hacer la vista gorda ante el racismo y la exclusión en cualquiera de sus formas”.

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