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Liliana Franco: «es la hora de volver al Evangelio»

Los aplausos más extensos en lo que va corrido de la Asamblea Eclesial recibió la Presidenta de la CLAR al terminar su intervención. Liliana Franco realizó una sólida presentación teológica y espiritual sobre la sinodalidad, enfatizando su mirada de mujer. Al inicio homenajeó a todas las mujeres del continente en el Día Mundial contra Violencia de las Mujeres.

25.11.2021   |    Kairós News (desde México)

La presidenta de la Conferencia de Religiosas y Religiosos de América Latina (Clar), hermana Gloria Liliana Franco, religiosa de la Compañía de María, tuvo un sólido aporte teológico y espiritual en el panel presencial sobre sinodalidad en la cuarta jornada de la AE,  en México. Habló desde la perspectivas de las mujeres y de la vida religiosa para avanzar en lo que llamó «la única vocación: ¡sígueme!».

Al concluir, Franco recibió el más largo aplauso en lo que va de corrido esta asamblea.

A continuación el texto completo de su intervención:

 

PONENCIA DE LA HNA. GLORIA LILIANA FRANCO, ODN, PRESIDENTA DE LA CLAR, EN EL PANEL “DE LA ASAMBLEA ECLESIAL DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE HACIA EL SÍNODO DE LA SINODALIDAD”

Los saludo en nombre de la Vida Religiosa del Continente, de todas mis hermanas y hermanos dispersos por las parcelas del Reino en esta tierra.

De la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, hacia el Sínodo sobre sinodalidad, estamos ante un proceso, un itinerario de encuentro y conversión, enmarcado en esa necesaria reforma a la que nos ha convocado el papa Francisco y que supone ubicarnos en el lugar de la humildad. Reconocer nuestro pecado, esas actitudes y modos relacionales que han estado alejados del querer de Dios, porque son verticales y abusivos, poco inclusivos y desprovistos de misericordia.

De la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, hacia el Sínodo sobre sinodalidad, hay una urgencia, se trata de una nueva mirada contemplativa, más teologal y encarnada, más capaz de reconocer al Dios que acontece en el territorio de lo humano y que invita hoy a la Iglesia a la plenitud de la relación.

Una urgencia, afinar la mirada para contemplar la realidad y agudizar el oído para escuchar al Espíritu que no cesa de gemir en los clamores y complejidades de nuestra historia, en los rostros y heridas de nuestros hermanos más pobres. Una urgencia salir, desacomodarnos, abandonar los status de confort y parálisis en los que tantos creyentes estamos atrincherados.

Y tendríamos que hacer un acto de fe en que el protagonista de este proceso es el Espíritu, sin Él, no hay auténtico seguimiento de Jesús, ni kairos eclesial. En torno a Él, se configura el rostro de la Iglesia y el tejido relacional que hace posible la comunión. Todo este proceso adquiere sentido en adhesión a Jesús y para el Reino.

Durante estos días de Asamblea, pero sobretodo en el proceso de escucha, nos ha resonado la convicción de que la historia de la Iglesia se construye en el claro-oscuro de lo humano, en esa confrontación permanente entre fragilidad y gracia: La constatación más cierta es que este hoy de nuestra Iglesia supone conversión, ordenar el corazón, y que insertarnos en los distintos contextos y culturas desde nuestra identidad de mujeres y varones de fe, exige renovación, adecuación de estructuras, de formas, de lenguajes y estilos.

Como lo afirma Benjamín Gonzalez Buelta, este no es tiempo de textos, es tiempo de testigos. Tenemos que ser esa narrativa creíble de lo que nuestra sociedad espera leer en nosotros, entre nosotros cuando nos encontramos en condición de hermanos…

porque la buena noticia, es que eso somos simplemente: radicalmente humanos, indeclinablemente llamados a ser hermanos. Todo lo demás, títulos, funciones, cargos… todo lo demás es relativo, pasa, caduca, se corroe.

La única palabra creíble es la Palabra encarnada y evangelizar hoy es encarnar en todas las culturas los valores del Reino.

De la Asamblea Eclesial de América hacia el Sínodo, estamos abocados al discernimiento, a la atención a la realidad, a la capacidad de escuchar el clamor de Dios, en los gritos permanentes que resuenan en la historia. La experiencia de sabernos habitados por el Espíritu, debe lanzarnos más allá de nuestros propios análisis y reflexiones, al contexto en el cual nos dejemos permear por la realidad y reconocemos que en ella al Espíritu se manifiesta y actúa… Y en este continente el grito es agudo, la herida latente y ahí, en lo más complejo de la realidad, está la dirección de Dios para esta Iglesia.

En este lapso de tiempo, estamos invitados a reafirmar que es el Espíritu, quien posibilita la experiencia de ser y sentirnos hermanos; es Él, quien configura el rostro multicultural de nuestra Iglesia, es Él, quien nos lanza a vivir la comunión. Él, quien nos anima a tejer en lo cotidiano el vínculo, la relación, la amistad, el afecto y nos impulsa a querernos, creernos y cuidarnos, a darnos un lugar, a no excluirnos. Él nos fortalece y anima al profetismo de lo comunitario, a la narrativa más creíble, esa que la sociedad espera ver nítida en los creyentes: la narrativa de la fraternidad y la sororidad, el testimonio del amor que favorece la comunión.

El Espíritu no tolera la uniformidad y por eso hace en todos y en todo, el milagro de la diversidad. Culturas, lenguas, sensibilidades, colores, dones…Todo diverso y todo llamado a la unidad, todo plural y urgido de comunión. Este Espíritu le exige hoy a la Iglesia un diálogo hondo y auténtico sobre equidad eclesial, esta equidad es humana y bautismal.

Esta andadura común, a la que estamos convocados, la hacemos conscientes de que la historia de la Iglesia, supone situarnos en dinámica de continuidad y avance. El impulso de Evangelii Gaudium, Laudato Si, Fratelli Tutti, Querida Amazonía, del Sínodo sobre los jóvenes y del Sínodo de la Amazonía, nos lanza más allá, a la geografía desconocida, a la frontera donde habita el más pobre, el migrante, el más enfermo, donde es posible abrazar la tierra y las culturas con reverencia y conscientes de la sacralidad de todo lo creado… nos lanza en condición de discípulos misioneros.

La marca de la propia identidad, hace a cada persona, portadora de un don, un carisma y un estilo concreto, todos únicos y diferentes y ahí confluyen las distintas funciones y ministerios de la única vocación eclesial: sígueme. Es en este sígueme donde todos, todas, laicos, religiosos, ministros ordenados, nos hacemos uno.

Durante esta andadura eclesial, tendríamos que confirmar que en lo más auténtico del encuentro no se eliminan las identidades personales, cada uno llega al escenario de la relación, con lo que es, con su historia y sus sensibilidades, permeado por una realidad y moldeado por una sumatoria de saberes y experiencias vitales.

Nosotros Vida Consagrada, llegamos convencidos de la necesidad de la reforma, habitados por la convicción de que somos en Iglesia, con todos ustedes y bautismalmente, mística, misión y profecía. Nuestro compromiso hoy es el de reescribir estos tres relatos esenciales de nuestra identidad y misión.

El peregrinar de este tiempo, será como un laboratorio de encuentro, que supondrá ofrecer el propio don, pero exigirá abandonar la tentación de sentirnos superiores a los demás. El imperativo es uno: en la experiencia de la propia identidad y con consciencia de la innegable diferencia, todos llamados a la unidad. Todos convocados a nuevos modos relacionales, ante los cuales no caben las relaciones utilitaristas, mediatizadas por el miedo, provistas de intereses mezquinos, teñidas de suficiencias.

La Iglesia está hoy, más que nunca abocada a un nuevo modo relacional más contextualizado, encarnado en la realidad, capaz de escuchar y hacer resonancia de distintas voces y de ubicarse generando el diálogo fe-cultura, fe-ciencia y tecnología…

Echarnos a andar con otros en este hoy de la Iglesia nos llevará a construir juntos en la vivencia de una auténtica espiritualidad y conscientes de nuestra identidad de sujetos eclesiales y de que, por el bautismo y el sacerdocio común, tenemos una misma dignidad, nos sentimos llamados a contribuir a la configuración de una Iglesia más sinodal, en la que será de manera especial necesaria y significativa la presencia y la misión de las mujeres, los laicos, los pobres y todos los sujetos emergentes excluidos históricamente.

Esta certeza de que, como Pueblo de Dios, estamos llamados a transitar nuevos caminos, debe situarnos a los creyentes en el lugar de la escucha, único desde el cual, podremos sopesar, comprender y asumir los desafíos sociales, culturales, ecológicos que este momento histórico le plantea a la Iglesia y que supondrán desarrollar una actitud dialógica, apostar por nuevas relacionalidades y situarse en camino, con otros desde la experiencia de que sólo el diálogo nos hace crecer.

Y este proceso solo será posible con la mirada puesta en Jesús, reconociéndolo como el Centro y la Clave de nuestra existencia y en referencia a Él, ordenar el corazón y desear vivir en estado de conversión, es decir en referencia al origen, al amor primero, a la vocación más auténtica, a lo más radical y profundo del Evangelio. La Iglesia consciente de su identidad de discípula misionera, está invitada a un desborde místico que nos conduzca a peregrinar al interior sin tregua, y al exterior sin excusa. Que nos movilice, nos lance, nos ponga en camino.

Esta es la hora para la escucha y el discernimiento. Por eso, será necesario situarnos ante la realidad con consciencia del don recibido y dispuestos a la novedad del Espíritu que no para de crear y recrear y nos devolverá a la esencia del cristianismo con la consciencia de que somos misión.

Como mujer, creyente y consagrada les propongo que optemos de nuevo por el CAMINO para salir de todas nuestras inercias, que lo recorramos juntas, juntos, que hagamos tejidos nuevos, que no nos tengamos miedo y no le tengamos miedo a las sombras de esta historia…Nos llama, nos convoca, nos moviliza, la Pascua.

Y esta es la hora de volver al Evangelio.

 

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