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Izani Bruch, pastora y obispa del pueblo pobre y creyente

Es una mujer consagrada a servir a la comunidad y siendo luterana el mundo católico la conoce bien, la respeta, la admira la solicita, la ama. Todas y todos cuentan con ella y ella siempre está donde tiene que estar porque cuenta con todas y todos. Usa muy bien el lenguaje con equidad de género porque sabe que éste construye realidad. Y dice con la esperanza que nunca pierde: “Cuando pase todo esto, haremos una gran liturgia de memoria por nuestros muertos”.
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Fue elegida obispa de la Iglesia Evangélica Luterana en Chile por sus pares (hombres y mujeres), y hasta el 2023 porque es una función que dura cuatro años, es de carácter nacional, de elección democrática e involucra a 10 comunidades del país. “Somos una iglesia pequeñita”, acota.

Ser obispa no le impide seguir siendo pastora. De hecho ejerce su ministerio día y noche en una población que tiene por tradición luchar y vivir con esfuerzo. En los años ‘80, allí lucharon por la democracia y los derechos humanos. Treinta años después, sus pobladores siguen luchando. Primero en el estallido social, y hoy, contra el hambre.

Ella es parte de esta lucha en la Población La Faena, de la comuna de Peñalolén, en Santiago de Chile. Ahí vive con su compañero y su hija adolescente. Su hijo mayor, ya partió de casa.

Llegó hace 28 años de Brasil siendo estudiante de teología y aún mantiene el dulce dejo brasileño en su acento y en su actitud. Puede decir cosas muy duras pero las entrega con un bálsamo para que sean asumidas. También es clara, como cuando dice que Jair Bolsonaro “no es presidente mío”. Y sobre los evangélicos que le dan su apoyo al mandatario, advierte que “no hay que meter a todos en el mismo saco. Es un grupo fundamentalista que lamentablemente también estamos viendo en Chile”.

Vive su cuarentena como todas las personas y aprovecha las tecnologías de la comunicación para celebrar la Cena del Señor, realizar reuniones y dar aliento espiritual a su membresía. Sale de casa solo para ser parte del equipo de la “Cocina Solidaria” que funciona en la Comunidad El Buen Samaritano, en Peñalolén, de la cual ella es pastora. Son 15 personas: 12 mujeres y 3 hombres, que alimentan a 105 vecinos y vecinas del barrio, tres veces a la semana, entre quienes se cuentan luteranos, católicos y de las asambleas de Dios. El equipo trabaja entusiasmado para ampliar sus servicios de lunes a viernes. Y a los que van por sus alimentos, nadie les pregunta por sus creencias o por su pertenencia a alguna iglesia. Solo se pregunta: ¿cuánto necesita hoy?

Aprendizajes

¿Cómo ha sido para usted estos días de cuarentena y confinamiento?

― Ha sido un tiempo de muchas preguntas y reflexiones sobre la vida. También para agradecer a Dios por lo que una tiene. Un tiempo de reencuentro con mi propia espiritualidad como pastora. De una búsqueda de nuevo sentido de mi espiritualidad y de ser iglesia en este tiempo. Ha sido una profunda reflexión de búsqueda, de nuevos aprendizajes, de redescubrimientos de cosas que ya no se veían, al menos aquí en La Faena. Por ejemplo, la organización comunitaria, las ollas comunes. También un tiempo de mucha preocupación por todo lo que está pasando, por los contagios y sobre todo por la pobreza que vemos.

¿Qué destacaría dentro de todo eso que ha descubierto?

― Para mí, lo más lindo ha sido esta necesidad de estar en comunión y de desarrollar nuestra espiritualidad. Quizás, porque antes estábamos como con muchas cosas no nos dábamos cuenta de que somos seres espirituales más allá de nuestra espiritualidad cristiana y ver la misma búsqueda en otras religiones y espiritualidades. Eso por una parte.

“Por la otra, en sentido comunitario, el volver a sentir que nos necesitamos mutuamente, que no somos independientes una de la otra, o uno del otro, sino que necesitamos a la otra persona. Ver cómo los vecinos se organizan y que buscan estar con la iglesia para ir en ayuda de quienes más necesitan, es muy bonito.

“Esas dos cosas destaco como muy importantes para mí pues son señales de esperanza en la humanidad”.

Parte del equipo «Cocina Solidaria» de la Comunidad El Buen Samaritano de Peñalolén.

La historia de la humanidad nos dice que en el mundo siempre ha habido pestes y plagas. ¿Qué percibe o señalaría como lo diferente hoy?

― Las pandemias son muerte, sufrimiento. Quizás, la diferencia que estamos viviendo ahora, es que tenemos la tecnología a nuestro alcance. Y eso la hace distinta. Porque en otros tiempos, la gente moría y no se sabía. No tenían información. Ahora sí tenemos informaciones, y la posibilidad de mantenernos comunicados con nuestras familias, comunidades y vecinos.

Algunos creen que esta situación extraordinaria que vivimos profundiza los problemas y enemistades que estaban presentes y otros creen que vamos a salir mejores personas. ¿Qué cree usted?

― A veces, tengo la sensación de que sí, vamos a ser mejores personas. Y en otros momentos digo: no. No vamos a aprender. Porque también siento que es propio de un tiempo de crisis, donde sale lo mejor de nosotros pero también sale lo peor.

“Entonces, por ejemplo, cuando veo acciones de discriminación contra los migrantes, cuando veo que hay vecinos que tienen miedo del otro vecino que trajo el contagio, entonces, ahí digo: no aprendemos, no hemos aprendido nada.

“Pero después, cuando veo otras acciones, digo: sí ¡mira qué lindo! ¡hemos aprendido y vamos a ser distintos!

“Personalmente espero que seamos una nueva humanidad. Ojalá no volvamos a la normalidad que teníamos. Ojalá sí seamos más solidarios, más preocupados con el otro y con la otra. Ojalá que nuestro país tenga más justicia social. Que todos los problemas sociales que vemos, y que con la pandemia se han hecho ver con más fuerza, los podemos ir trabajando juntos y juntas. Podemos superar esa sociedad tan segregada que vivimos. Yo espero eso y quiero poner mis fuerzas en eso”.

Las mujeres

En estos tiempos de encierro y de restricciones se dice que ha aumentado la violencia de género e incluso se muestran algunas estadísticas ¿Qué sabe o qué ha visto usted en su gente?

― Vemos que en Chile y en todos los países de América Latina ha crecido la violencia de género. La misma pandemia nos hace visible un problema que tenemos pendiente como sociedad. Como sociedad y como iglesia. Y el problema es que aún no lo tomamos con la debida seriedad.

“En este tiempo, donde las personas están encerradas en sus casas, esa violencia que siempre ha existido, ahora ha aumentado. Porque hay otros factores que se terminan sumando: el estrés, las dificultades económicas, el espacio reducido. Eso no justifica, pero sí se hace notar con más fuerza la violencia de género por esos factores”.

En este problema y con las restricciones actuales ¿cómo hace para acompañar a las mujeres que sufren esta violencia?

― Estamos acompañando a través de conversaciones telefónicas, buscando decir a las mujeres que, aunque la iglesia tenga el templo cerrado, seguimos siendo iglesia y seguimos siendo un espacio seguro para ellas, para hablar y comentar sus dificultades.

¿Es un espacio seguro?

― Es un tema complejo y a diferencia de la iglesia católica, no tenemos acusaciones de abusos sexuales contra pastores y pastoras, aunque eso no asegura que no existan. Por eso es importante estar siempre atentos y atentas pues los abusos sexuales existen en nuestra sociedad, y por lo tanto, también pueden existir dentro de nuestra iglesia.

“En general, observamos que los abusos sexuales ocurren dentro de las familias, en grupos cercanos a las víctimas, e incluso hemos visto violencia sexual dentro de los matrimonios”.

¿Cómo enfrenta su iglesia este problema?

― No tenemos un plan, aunque sí la consciencia de acompañar pastoralmente. Además, tenemos muy claro que siempre un hecho de abuso sexual debe ser denunciado porque es un delito. Todo pastor o pastora, que sepa de una situación así, debe buscar los medios para denunciar a la justicia.

“Ahora, nosotros mantenemos jardines infantiles y si tenemos conocimiento de la ocurrencia de un abuso sexual de un niño o niña, hay ciertos protocolos establecidos que debemos activar con los organismos correspondientes, Integra en este caso con el cual trabajamos. Además, como pastora tengo el deber de hacer la denuncia junto con la directora del jardín que corresponda”.

Actualmente las mujeres se ven más empoderadas que antes. Basta revisar lo que fue el 8M y el estallido social. ¿Percibe este empoderamiento dentro de su iglesia y como movimiento feminista en Chile?

― Sí, el movimiento feminista también tiene su espacio y ha hecho sus aportes dentro de la iglesia Luterana. En las comunidades hay muchas mujeres que son parte del movimiento feminista. E incluso no sólo mujeres. Podemos decir que estamos en un proceso en el cual muchos hombres están adhiriendo a las demandas del movimiento feminista.

¿Es usted feminista?

― Sí, me considero feminista pues lucho por los derechos de las mujeres, y la equidad entre hombres y mujeres tanto en la sociedad como en la iglesia.

Pobreza

En esta pandemia se insiste en permanecer en nuestras casas para no contagiar. Eso resulta fácil cuando hay recursos pero los pobres luchan por sobrevivir día a día y se ven obligados a salir…

― Recién terminé de hablar con una familia de la comunidad, que me dijo que le llegó la caja del gobierno. Ayer, también, escuché eso de varios vecinos y vecinas. Así que, nuestra realidad, en este momento, es que la mayoría de la membresía de la iglesia está haciendo cuarentena en sus casas y no están necesitados de salir a trabajar. Ellos reciben apoyo de familiares y de la propia comunidad.

“Ahora, sí nos preocupa, que hay miembros, y como muchas personas acá en el sector, han quedado sin trabajo y que están empezando con trabajos informales, vendiendo verduras, siendo coleros… Muchas mujeres venden galletas, queques… Entonces, percibimos que está empezando otro tipo de economía aquí en el sector que nos va a hacer cambiar mucho”.

La ética y la muerte

Hemos tenido en esta semana, un conflicto político sobre las estadísticas de fallecidos por covid-19 en Chile, siendo un dato el interno y otro dato el que se entregaba a la OMS. ¿Qué reflexión le surge a usted sobre este problema?

― Es lamentable la confusión y la falta de claridad en la entrega de información. A la OMS se le informaba de casi 2 mil personas fallecidas más que lo que se informaba a nuestra población. En la gente, ya existe mucha desconfianza en lo que el gobierno está informando y esta confusión aumenta esa desconfianza en las autoridades. En tiempo de pandemia, el valor de la confianza es fundamental para enfrentar como sociedad la crisis sanitaria.

“Desde mi mirada pastoral creo necesario y urgente entregar la información con base ética del cuidado y respeto a las familias que están sufriendo. Hay que dar un trato humanizador a esas cifras porque no son una mera lista. ¡Son vidas humanas! historias vividas que ahora no están y eso causa mucho dolor. Necesitamos que la información sea clara y que las familias conozcan la causa del fallecimiento de su ser querido porque eso es importante para el duelo.

“Por eso nos gustaría que el gobiernos diera un trato humano al dar a conocer las cifras, desarrollando un modelo de comunicación más amable, sencillo y claro para nuestra gente porque todo ello tiene secuelas posteriores”.

Con estos problemas ¿ha notado en su feligresía o en sus vecinos algún cambio respecto de la idea de muerte?

― Lo que yo veo y también cuando lo conversamos con el grupo de cocina solidaria, hay esa percepción de que la vida se nos puede ir muy fácilmente y que por ello vivirla y vivirla bien. Y en ese sentido, nace entre nuestras grandes reflexiones, que más allá de los años que tengamos, jóvenes o viejos, que vivamos la vida con sentido.

En este sector popular de Santiago ¿le ha tocado oficiar servicios religiosos ante la muerte de vecinos?

― Me ha tocado hacer acompañamientos, y por eso estamos reflexionando cómo hacerlo bien en ese tiempo, cuidando a todos y todas. No hemos podido hacer velorios y eso es muy doloroso y difícil para las familias aceptar.

“Por ello estamos conversando con la Conferencia Pastoral. Justo hoy lo conversábamos, para revisar el protocolo que teníamos a fin de ver cómo acompañar mejor. Podemos hacerlo a través de un audio, mediante una transmisión por Zoom, con un servicio religioso a través de Zoom. Y hacer un acompañamiento hasta en el cementerio si se nos permite”.

¿Qué es lo que más duele?

― Lo que más afecta a las familias, es el hecho de no poder velar a su deudo o persona fallecida. En general, en el sector que estamos aquí y en todo Chile creo, cuando no habían estas restricciones de la pandemia, se velaba a los muertos por casi dos días. Ahora, el no tener ese tiempo que significa un adiós, un despedirse da la persona que se ama, es muy difícil. Es complicado. Creo que eso afecta mucho en el proceso de duelo de las familias.

“Y ahí estamos buscando como iglesia. Cómo podemos acompañar ese dolor. Cómo podemos estar presentes, acompañando a las familias, para que ese duelo pueda ser vivido dentro de esta realidad y de este contexto en el que estamos, sea a través de oraciones o sea mediante llamadas telefónicas. Cuando pase todo esto, haremos una gran liturgia de memoria por nuestros muertos y para estar juntos”.

[Entrevista Aníbal Pastor N.]
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