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Estrella Gutiérrez: «Oren por mi conversión»

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Tenía unos 8 o 9 años, cuando le escuché esta petición al cura de la parroquia “El Perpetuo Socorro”, del sector donde vivían mis padres y en cuya basílica se filmó hace unos años, la película “El Bosque de Karadima”. En mi inocencia, no podía entender cómo, un sacerdote a quién yo casi le veía una aureola de santidad, nos pidiera justamente orar por su conversión. Con los años fui entendiendo la tremenda profundidad de su humilde petición.

En el contexto político actual, tan polarizado de nuestro país, creo que a todos nos gustaría que fueran los otros, los demás, quienes cambiaran y dejaran atrás sus maneras de ser o de pensar. Que fueran ellos quienes se acercaran a nuestra propia visión de las cosas, que juzgamos por supuesto, la más correcta. Definitivamente lo que en el fondo todos anhelamos, lo reconozcamos o no, es que los demás abandonen sus ideas y se convirtieran a las nuestras. Supongo que no era precisamente lo que pretendía el padre Rodríguez, cuando nos pedía que oráramos por su conversión e imagino de buena fe, que tampoco es lo que nos dice Francisco cuando nos pide con insistencia orar por él.

En tiempos de adviento, los cristianos estamos llamados especialmente a la conversión. Reflexionando sobre este tema, me pregunto ¿cómo reaccionaríamos si alguien de nuestra familia, de nuestro grupo de amigos o comunidad de creyentes nos dijera de improviso: “voy a orar para que te conviertas” o “estoy orando por tu conversión”?

Probablemente diríamos para nuestros adentros, “¿y éste, o ésta, quién se cree?” Sin embargo, si somos sinceros, sabemos que para construir una comunidad más fraterna, un país más humano, un mundo más vivible, cada uno de nosotros debería hacer un genuino esfuerzo de conversión. Y no solo en el plano espiritual, personal, sino también en el plano comunitario, político, global.

Una conversión interior que nos lleve a adoptar conductas concretas que contribuyan a una cultura dialogante, abierta a otras realidades. Una conversión que nos transformara de verdad en seres humanos más generosos, más solidarios con los más vulnerables; menos intransigentes e inflexibles. Un cambio que nos hiciera personas más tolerantes y humildes, menos agresivas y violentas; personas que saben cultivar el diálogo y la armonía su entorno.

Un cambio real que nos transformara de ciudadanos más o menos cómodos, pusilánimes o indiferentes, en ciudadanos más responsables y comprometidos con el bien común, más allá de los intereses personales. Una conversión que nos transformara de verdad, dejando atrás un consumismo competitivo y absurdo para transformarnos en esas personas que sueñan tantos jóvenes anónimos pero tan conscientes como Gretta Thunberg.

CADA UNO TENDRÍA QUE CAMBIAR AUNQUE FUERA UN POCO, EN BENEFICIO DE TODOS.

Por eso, tal vez, no sería mala idea que al despedirnos de los otros le dijéramos de verdad: “Espero que ores por mi conversión”.

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