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Estrella Gutiérrez: «La justicia es como las serpientes: solo muerde a los descalzos»

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Estamos en septiembre. Por fin podremos reunirnos con nuestros seres queridos, ocasión en que seguramente muchos beberán más de la cuenta. ¡Pero cuidado! Hay que tener presente algo que afecta a los bebedores habituales cuando llevan un tiempo más o menos largo de consumo excesivo. Se trata del desarrollo de tolerancia a esta droga, llamada alcohol. ¿En qué consiste? Lo explicaré en términos simples. Muchas personas, especialmente varones, se jactan de resistir dosis crecientes de alcohol sin mayores consecuencias. Al comienzo la curva de tolerancia va en ascenso; sin embargo, después un tiempo, empieza a descender; a veces bruscamente. En la cultura popular se dice que la persona “pisa el corcho y se cura”.

Pero no todos podrán celebrar. Desde luego los que hace poco han perdido a un ser querido. También los familiares de los llamados “presos de la revuelta”, que siguen a la espera de un juicio justo, imputados con pruebas o testigos falsos por delitos que no cometieron o por hechos delictivos que realizaron, llevados por la pasión del momento. Sin duda, hubo también delincuentes que se aprovecharon del momento para cometer sus fechorías.

Se nos pide condenar la violencia, como si eso bastara. Algunos intentan explicar este fenómeno en contextos de crisis sociales. Yo no soy experta en estas materias, pero en mi labor profesional, conocí de cerca muchos pacientes que después de un tiempo de creciente consumo sin mayores consecuencias, comprobaron de pronto, que una dosis relativamente baja, les habían provocado más daño del que sospechaban. La curva de su tolerancia había descendido. Y es que se nos olvida que los humanos también somos materia; como el elástico, que ha resistido mucho tiempo un forzado estiramiento y de pronto se vence; como la lavadora, que deja de funcionar por fatiga de material.

En su libro “Patas arriba”, que recomiendo vivamente, Eduardo Galeano cita la frase que encabeza esta columna. Pertenece a Monseñor Romero y es una cruel verdad. Lo hemos comprobado una vez más, al saber que Felipe Santana, de 19 años, fue condenado por la justicia a 7 años de cárcel por quemar una banca de la catedral de Puerto Montt en el contexto del estallido social, en tanto que, por receptación de 49 piezas de gran valor patrimonial, condenó al empresario Raúl Schüler a 4 años de libertad vigilada y al pago de más o menos $5 millones.
Muchos jóvenes como Felipe crecieron tolerando tremendas injusticias hacia ellos, sus padres y su clase social; mordiéndose la rabia que aumentaba progresivamente, como la tolerancia al alcohol. Pero de pronto, el elástico de esta tolerancia se venció y en un momento de verdadera ira, llevaron a cabo conductas temerarias que terminaron volviéndose contra ellos mismos.

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