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EE UU: La tragedia de una Iglesia demasiado politizada

La Iglesia Católica de los Estados Unidos, es una de las más importantes del mundo, en la que las estructuras de debate eclesial están prácticamente destruidas. Este es el artículo de Massimo Faggioli, historiador italiano y profesor de la Universidad de Villanova en los EE.UU. Fue publicado originalmente por La Croix International, el 5 de enero último. Según él, "y es allí, por desgracia, que la promesa de la sinodalidad del Papa Francisco parece nada más que un espejismo".
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Una de las tragedias del catolicismo contemporáneo es que la Iglesia se ha tornado excesivamente politizada.

No se trata de ser político en el alto sentido de la palabra, esto es, comprometerse con la comunidad eclesial y también con la polis. En vez de eso, la Iglesia se ha politizado en el sentido de que las divisiones políticas entre sus propios miembros tienden a dominarlo todo.

Ellas no dominan apenas la elaboración de declaraciones públicas cuidadosas por parte de aquellos que trabajan en y para la Iglesia, sino también en el propio proceso de formación de ideas, cosmovisiones y opiniones.

La Iglesia se ha politizado de una manera que refleja el lema de Charles Maurras, uno de los héroes de los católicos neo-integralistas: «¡La politique d’abord!».

No se trata de política en el sentido de la política cotidiana. Es política en el sentido de que al orden político se le ve en primer lugar como llave para todas las otras cuestiones de importancia: eclesiales, teológicas y espirituales.

Esto también perjudica a todas las otras cuestiones. No se trata de cómo evitar tropezar con un cable. En realidad, la sobrevivencia política ahora es la propia hilación de liderazgo católico y es mucho más decisivo que el poseer habilidades intelectuales, espirituales o incluso administrativas.

Cómo la política tomó completamente el control de la Iglesia

Un ejemplo reciente de la crudeza de esta primacía de la política son las salidas, el 31 de diciembre, de un veterano periodista y redactor jefe de la Agencia Católica de Noticias, con sede en los Estados Unidos.

La noticia llegó apenas un día después de que la Eternal Word Television Network (EWTN) anunciara una serie de cambios en su programación de televisión y radio, incluyendo la renuncia de Gloria Purvis, una abierta defensora de la justicia racial y presentadora del programa de radio «Morning Glory».

Por un lado, este es un claro ejemplo del hecho de que, en el catolicismo estadounidense hoy en día, los católicos negros siguen pagando el precio por el esfuerzo contra el racismo.

Pero en otro nivel, esto demuestra cómo la política ha tomado por completo el control, cuando un conglomerado de medios católicos conservadores como EWTN piensa que puede salirse con la suya con la señalización, tan flagrante,de  su posición sobre el tema del racismo en un país donde Trump y sus partidarios católicos probablemente se nieguen a abandonar el escenario, incluso después de que Joe Biden sea juramentado como presidente el 20 de enero.

Otro ejemplo de la primacía de la política en el catolicismo estadounidense actual es cómo los obispos de los Estados Unidos manejaron las amenazas de Donald Trump a la democracia durante su presidencia, su fracasada campaña de reelección y después de la clara victoria de Biden.

El silencio de los pastores

Como organismo nacional, los obispos no dijeron nada sobre cómo Trump -un presidente que muchos de ellos veían como un aliado en las «guerras culturales»- representaba una amenaza para la República.

El silencio de ellos se debe en parte a una especie de agnóstico constitucional. También se debe en parte al temor de que envíen un mensaje político muy desagradable a los católicos que votaron por Trump. Y se debe, en buena medida, a la simpatía política que muchos de los obispos tienen por el presidente saliente.

En el ataque de Trump al estado de derecho, con intentos flagrantes de revertir una elección e instituir un régimen autoritario, los esfuerzos de los líderes católicos en los Estados Unidos para permanecer neutrales muestran un distanciamiento que absuelve a los extremistas.

También muestran las limitaciones culturales y la falta de generación de liderazgo de clérigos que son los que tienen actualmente en el poder en la Iglesia.

Pero esta politización eclesial es evidente, no sólo en la Iglesia de los Estados Unidos. Es un problema que ocurre cada vez que la Iglesia se vuelve complaciente con la amenaza del etnonacionalismo. Es un problema de cultura política y teológica.

La alianza fatal entre la fe y el poder político

Por un lado, está claro que el daño causado por el nacionalismo cristiano no puede ser reparado solo dentro de una estructura religiosa, como escribió Victoria J. Barnett recientemente.

Los católicos en los Estados Unidos deben reconocer la alianza fatal entre la fe y el poder político. La reconciliación cívica debe comenzar con el claro repudio al nacionalismo y al odio religioso, con un discernimiento en la plaza pública que es políticamente visible.

Por otra parte, también debe haber una despolitización del debate interno en la Iglesia católica.

En el catolicismo actual, el caos a nivel de conciencia política es el resultado de la reversión de los roles entre la vida eclesial-sacramental de la Iglesia y su existencia mediática-virtual, en la que este último impuso su lenguaje y moralidad a los primeros.

«Esta nueva ecología mediática amenaza la unidad de la Iglesia, ya que sustituye las nociones eclesiales católicas de la comunión por un modelo secular importado de identidad cultural que reduce el ritual y la doctrina a instrumentos para marcar la diferencia», escribió el teólogo católico Vincent Miller en un artículo publicado en 2015. «En su extremo, la unidad se reduce al mero resultado interno de la marca externa de la diferencia», dijo.

Amenazas graves de politización eclesial

Esta es la imagen -no sacramental, sino política- en la que los católicos estadounidenses entienden la amenaza de que los obispos impongan sanciones al acceso del presidente Biden a la Eucaristía. Esto manifiesta cómo tal politización eclesial amenaza con destruir la orientación sacramental de la Iglesia.

También extingue la capacidad de la Iglesia de lidiar con las diferencias internas de una forma que no sea dominada por un marco partidario sobrepuesto, incluyendo las formas de como los políticos católicos se manejan con la cuestión referente al aborto.

Como escribió Terry Eagleton en su libro Hope Without Optimism, la verdadera calamidad es la extinción de la palabra: cuando el lenguaje se borra, la esperanza se apaga y el significado se derrumba.

El problema de la polarización en la Iglesia no se debe sólo al extremismo de las posiciones. También está relacionado con el hecho de que el modelo actual de la Iglesia es el resultado de la proyección de las creencias políticas en una pantalla eclesial. La noción de unidad de la Iglesia fue reducida a expectativas de uniformidad política.

Además de todos los enormes desafíos a los que se enfrenta una estructura institucional que lucha para darse cuenta por sí misma, en el rastro de los cambios importantes a nivel nacional y global, es urgente que la Iglesia Católica asuma una nueva matriz de entendimiento que elimine los mantras de los ideólogos de derecha que llevaron a esta peligrosa politización de la fe.

El catolicismo no comenzó en la década de 1980. Hay un profundo pasado católico en cual podemos y debemos inspirarnos.

Con el fin de ser verdaderamente contraculturales, los católicos deben ser capaces de ofrecer una crítica sofisticada de la modernidad, no un dudoso «giro católico» sobre la crítica aprovechada por guerreros culturales no católicos como Jordan Peterson o Ben Shapiro. La lente «o-o» ofrecida por aquellos que practican la teología como un deporte sangriento ya ha causado demasiado daño.

En la Iglesia Católica de los Estados Unidos, una de las más importantes del mundo, las estructuras del debate eclesial están prácticamente destruidas.

Y es allí, infelizmente, que la promesa de sinodalidad del papa Francisco parece nada más que un espejismo.

 

 

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