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Carlos Eduardo Ferré: El proceso de escucha para la Asamblea Eclesial Latinoamericana

Carlos Eduardo Ferré, director en editorial del Círculo de Legisladores, exdiputado en dos períodos, y coordinador de la Red Laical "Generación Francisco" de Argentina.
Carlos Eduardo Ferré, director en editorial del Círculo de Legisladores, exdiputado en dos períodos, y coordinador de la Red Laical «Generación Francisco» de Argentina.

La convocatoria era clara. El objetivo preciso. Francisco en un breve mensaje al CELAM le pedía que convocaran al Pueblo de Dios de América Latina para que, reunidos en asamblea, dialogaran, discutieran, acordaran, rezaran y finalmente elevaran sus conclusiones para que fueran el sustrato del próximo documento que ha de emitir ese organismo eclesial, cuando se reúna en Guadalupe en el mes de noviembre.

Consultar al Pueblo de Dios, hacer sentir a todo bautizado que es parte de la Iglesia, que su opinión importa, que los pastores no pueden decidir sin consultar lo que piensan, a riesgo de equivocarse por ignorar lo que el Espíritu Santo sopla en el seno del pueblo.

Que no sean reuniones de elites que sustituyan con su conocimiento la sabiduría popular, insistía el Papa, en el aludido mensaje. El CELAM tomó la directiva del Pontífice, que ya les había adelantado cuando más de un año antes le manifestaron su voluntad de realizar una nueva conferencia de obispos, habida cuenta del tiempo transcurrido desde la reunión que realizaron en Aparecida.

La reflexión del Papa, que fuera actor fundamental en el documento conclusivo de aquella reunión, para qué un nuevo documento si los compromisos asumidos en la reunión de Brasil no habían sido cumplidos. Mejor, entonces, consultar al Pueblo de Dios, habría sido la conclusión de Francisco.

La propuesta implicaba un cambio metodológico esencial. Tener un nuevo invitado en la mesa: el Pueblo fiel. Los pastores compartiendo la reflexión y los planes pastorales con su rebaño y convocando a ovejas que no están a diario en su redil, esas que se crían en el campo y el monte, lejos de la mirada de los pastores aunque cuidadas por el Buen Pastor.

Trabajaron intensamente un complejo itinerario en el que el tiempo de escucha, tal vez el más importante, resultó ser muy breve, a pesar de la buena voluntad de los que luego lo extendieron un poco.

La información entre los obispos fue lenta. Había obispos que manifestaban su desconocimiento de la existencia de tan singular convocatoria, que exigía movilizar todos los recursos disponibles, para convocar a todos a la Asamblea propuesta por Francisco.

No se entiende si el desconocimiento provenía de una falla de comunicación institucional o porque no leen los mensajes que les llegan. Evidentemente tampoco leen la información periodística. Los sacerdotes decían no tener instrucciones de los obispos.

Algo similar ocurrió con los movimientos laicales más organizados. Esperaban las instrucciones de sus conducciones internacionales que no llegaron o llegaron tarde.

Es posible que la pandemia haya conspirado contra la difusión y la realización del plan. Es cierto que muchos debieron abocarse a la tarea de dar de comer y atender a los enfermos.

De todos modos, los que quedaron en sus casas, no tuvieron la creatividad indispensable para llevar adelante tan importante misión.

Un puñado de laicos, unos cuantos sacerdotes y algunos obispos pusieron manos a la obra y en  la medida de sus fuerzas difundieron la noticia, promovieron las asambleas y realizaron algunas asambleas –pandemia mediante- apelando a los auxilios de la tecnología. Asambleas por zoom, que convocaron a creyentes de de distintas ciudades y aun de distintos países, que dieron frutos más allá de lo esperado. Un ejemplo es haber retomado el contacto con católicos de todo el continente auto convocados o más precisamente respondiendo a la convocatoria de Francisco.

Se volvieron a encontrar antiguos militantes de otras décadas que sacando a relucir las mejores experiencias de un laicado consciente de su responsabilidad bautismal vive hoy con alegría y esperanza este verdadero relanzamiento del Concilio Vaticano II y jóvenes generaciones que encuentran en la novedad de la propuesta una nueva forma de participación para ellos y para sus comunidades que en este tramo de la historia no son convocadas ni por el Estado, ni por la política ni por la Iglesia.

Ambas coincidían y compartían la necesidad de iniciar un proceso nuevo para la iglesia y para la sociedad. Haber podido hacer participar en este proceso de escucha, aunque sea mínimamente, a los Movimientos populares y organizaciones sociales, culturales, deportivas, a los Hogares de Cristo, a las comunidades parroquiales de los barrios más humildes, significa un enorme avance para la Iglesia y para la sociedad.

Hacer una asamblea, de cualquier naturaleza, en el siglo XXI es casi un milagro que solo se ha producido en momentos de gran movilización social. La tendencia del siglo continúa siendo hacia la concentración del poder cada vez en menos manos y la participación pasiva de los ciudadanos conducida por los medios de comunicación. Solo después de estallidos sociales se produce el comienzo del fenómeno del movimiento asambleario cuando los pueblos ven
reducida a nada su incidencia.

De allí la importancia de un proceso de sinodalidad en nuestra Iglesia. El evangelio de Jesús se incultura. La convocatoria a la comunidad trasciende los límites de lo religioso y puede colaborar en la construcción de la comunidad y en el afianzamiento de su protagonismo. Es una práctica fecunda de la idea de recomenzar propuesta en la encíclica Fratelli Tutti.

Las limitaciones que impuso la pandemia sumadas a las habituales resistencias al cambio y actitudes burocráticas, no contribuyeron ciertamente, a que el periodo de escucha se desarrollara con el dinamismo, la extensión y la profundidad que fue planteado.

Lo importante es que hemos echado a andar. El camino es el correcto. Es un paso más en el proceso iniciado en el Sínodo de la Familia, profundizado en el Sínodo de la Amazonía, ampliado y extendido en esta oportunidad a toda América Latina y el Caribe y que ha de continuar a todo el orbe, con el Sínodo General a iniciarse el 9 y 10 de octubre de 2021 con el lema: “Por una Iglesia sinodal: comunión participación y misión”.

Cabe destacar, que hemos aprendido en el camino emprendido, cuestiones que son importantes. Comprendimos que la Asamblea es un diálogo que no puede ser reemplazado por una encuesta, que somos convocados por una necesaria complementariedad y no para completar el depósito del saber que otros supuestamente poseen, que la sinodalidad implica una participación protagónica, no solo en la elaboración sino en la decisión y en la ejecución como enseñaba el Documento de Aparecida, y específicamente para los laicos, que reconozcamos definitivamente que somos sujetos de derechos y deberes que surgen de la corresponsabilidad que emana del bautismo.

Como dijimos desde que conocimos la convocatoria, La Asamblea Eclesial Latinoamericana es –sin duda- una buena noticia. Dios nos ayude a mantener la marcha y que se transforme en una asamblea permanente.

 

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