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Álvaro Ramis Hans Küng y el catolicismo del futuro

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La misión de la teología es salvar las religiones de sí mismas. Esta función nace a partir de la naturaleza dogmático-simbólica de las religiones y que configura su manera propia y específica de establecer un lenguaje referido a sus criterios de verdad y a sus fundamentos de acción. Esta estructura del pensamiento religioso contradice aspectos del pensamiento racional, que se fundamenta en la evidencia y en que toda propuesta o proposición de verosimilitud es siempre perfectible y posible falsear por medio de su superación en una hipótesis posterior, que temporalmente pueda reemplazar a la anterior.

Esta contradicción entre el pensamiento racional y el pensamiento religioso sólo es posible de resolver a partir de una teología crítica que permita rescatar a la religión de sus tendencias y estructuras auto-referentes. Frente a eso, la crítica teológica depura y establece parámetros hermenéuticos de interpretación que permiten ampliar una afirmación dogmática y simbólica a partir de criterios emergentes, que surgen desde el contexto, la estructura voluble de la sociedad, y la evolución temporal como condición de posibilidad de la experiencia humana. De esa forma la teología crítica ejerce el deber de recordar a las instituciones religiosas que toda afirmación sobre lo sagrado es por esencia conjetural y analógica, ya el Absoluto es radicalmente incomprensible e incognoscible, y la revelación no anula las limitaciones cognoscitivas, propias de la razón.

Hans Küng fue uno de los teólogos críticos claves en el siglo XX al fundamentar parte importante de la renovación conciliar del Vaticano II. Su consistencia y firmeza intelectual radicó en establecer criterios de fondo respecto a la interpretación de las tradiciones de la Iglesia Católica, especialmente en materia disciplinaria, que deben estar sujetas permanentemente a una interpretación crítica si no se busca caer en el riesgo de la auto referencia y clausura interpretativa, que cercenen toda afirmación dogmática de la necesaria apertura vital a la ontología de la temporalidad.

Sin la teología crítica es imposible superar la inadecuación que se genera entre la propuesta dogmático-simbólica de las religiones y el entorno cultural que rodea a las personas, hasta el punto de formar parte de su propia identidad. Este rol crítico de la teología no siempre ha sido entendido por las instituciones religiosas y muchas veces ha causado como efecto la exclusión, la persecución, la falta de apertura a la necesaria transformación y adaptación en una perspectiva de perfectibilidad y reconstrucción de la afirmación dogmática. Hans Küng fue víctima de esa clausura institucional y de la imposibilidad de la jerarquía católica de dar cuenta a tiempo y de forma asertiva de las necesarias transformaciones que inevitablemente deberá asumir el cristianismo en general y el catolicismo en particular en las décadas venideras.

Las interpretaciones que Hans Küng ofreció respecto a la dogmática católica no son heterodoxas, si no profundamente ortodoxas en su catolicidad, es decir, centradas en relevar su valor universal y universalizable, sin lo cual caerían en la irrelevancia, la ininteligibilidad y la falta de imbricación con las circunstancias que deben acoger esas propuestas. De esa manera llevó al catolicismo a la inevitable disyuntiva: o actualiza sus formas dogmático-simbólicas ante un modus vivendi objetivo y concreto que ya no es capaz de comprenderle, o corre el riesgo de convertirse en una secta platónica, agotada en su propia forma interna de ser y de existir, pero intrascendente para el entorno circundante.

Por eso es plausible que las propuestas y las interpretaciones teológicas de Hans Küng serán un punto de partida fundamental durante para un renacimiento del catolicismo en el siglo XXI, despojado de lenguajes accidentales que le alienaron de su entorno, y reconstituido a partir de una respuesta radical a una sociedad que requiere de la mirada crítica y humanizante del Evangelio.

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