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Alejandra Cortez: María Magdalena y nosotras, las mujeres en la Iglesia

Alejandra Cortez Espinoza
Religiosa de María Inmaculada,
abogada de la Universidad de Chile
y profesora de Ciencias Sagradas.

Uno de los grandes místicos de la Iglesia, San Juan de la Cruz, decía que “Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”, y viene esta frase a mi mente al recordar a María Magdalena en su fiesta, ya que encarnó la enseñanza de Jesús amando al maestro y dando muestras de ese amor en su seguimiento hasta el final, como ninguno de los otros discípulos, a excepción de Juan, según expresa el Evangelio homónimo.

Lamentablemente el papel de esta gran mujer  dentro de la primera comunidad cristiana se fue difuminando a lo largo de los siglos quitándole la “autoridad” que en verdad le correspondía por ser ella la primera en tener una experiencia del resucitado, lo cual no es casual ni menos baladí. Recordemos que el mismo San Pablo reivindica su propia condición de apóstol pese a que no estuvo junto a Jesús el tiempo de su predicación, indicando como argumentos de autoridad apostólica: “ver al Señor, sufrir en la misión y ser enviado” (Cf 1 Cor 9,1; Ga 1,1, y Hch 26,16). Nada dice acerca de la condición de varón o mujer, por lo que claramente podemos decir que María Magdalena es la Apóstola de los apóstoles como le denominara Santo Tomás de Aquino.

Sin embargo, pese a ser discípula de primera hora, testigo de la crucifixión y receptora de la primera aparición del resucitado, la visión androcéntrica imperante en la cultura de aquel tiempo, permeó en la incipiente comunidad de creyentes invisibilizando a ésta y a otras mujeres seguidoras del maestro.

Si bien los Evangelios no aportan demasiados datos acerca de María Magdalena, los relatos de la pasión, con diferentes matices, refieren a las mujeres y a la Magdalena en particular, a quien Jesús llama por su nombre, y envía a anunciar la buena noticia al resto de los discípulos. Ella estuvo desde el comienzo con Jesús, pero no se le reconoció su autoridad como sí se hizo con Pedro e incluso con Pablo, que ni siquiera conoció al Señor. La razón fue simplemente por ser mujer, lo que a su vez es una paradoja, ya que el movimiento impulsado por Jesús acogía del mismo modo y en igualdad de condiciones a varones y mujeres, según los estudios más recientes.

En la actualidad, las mujeres en la Iglesia, seguimos al lado de Jesús, sin que se nos reconozca el voto en las decisiones de sínodos y concilios, pese a que hace poco el Papa Francisco dio un pequeño paso otorgándole esta facultad a una mujer, lo cual, si bien es positivo, no pasa de ser algo simbólico y con poca fuerza en medio de decenas de padres sinodales.

Como María Magdalena, por siglos bajo una mirada eminentemente clerical, que normaliza el rol secundario de quienes representamos más de la mitad de la Iglesia, continuamos con valentía anunciando el mensaje de Jesús, con la esperanza de que estos tenues destellos de luz que empiezan a brillar en la sociedad y en la Iglesia, nos lleven a un reconocimiento cabal de la igualdad en dignidad, derechos y liderazgo en todos los niveles de la estructura eclesial. Seguramente, si así ocurriera, estaríamos más cerca de lo querido por Jesús, para quien “ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Cf. Ga 3,28).

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